
Desde la serenidad de las montañas de Madriz hasta el bullicio de Managua, Diego Armando Benavídez Vílchez ha recorrido un camino sembrado de fe, esfuerzo y amor por la naturaleza. Su historia refleja la esencia de la Universidad Nacional Agraria (UNA): formar profesionales comprometidos con la tierra y el bienestar de su pueblo.
Diego nació en Somoto, Madriz, entre ríos cristalinos y bosques de pinos que abrazan el horizonte. Su infancia transcurrió rodeada de la naturaleza y la fe. Hijo de un ingeniero forestal y de una madre cristiana devota, aprendió desde pequeño que la tierra es un don que debe cuidarse con amor.
“Mi papá me enseñó a reconocer los árboles, a sembrar y a entender que cada planta tiene su propósito en el equilibrio del mundo”, recuerda Diego con nostalgia. “De mi mamá aprendí que el respeto, la humildad y la oración son las raíces más fuertes que puede tener una persona”. Afirma el joven.

Diego Benavidez, estudiante de la Carrera de Ingeniería Forestal
A los 16 años, Diego decidió dejar atrás su pueblo natal para estudiar en la Universidad Nacional Agraria (UNA), en Managua. Fue el primer gran cambio de su vida. Pasó de los cantos de las aves al ruido del tráfico; de los caminos de tierra a los pasillos universitarios.
“Al principio me costó mucho. Extrañaba el olor del bosque, la tranquilidad de Somoto y las oraciones en familia”, confiesa. “Pero sabía que venía a cumplir un propósito, y aunque a veces me sentía solo, recordaba una frase que siempre me decía mi mamá: ‘Dios te acompaña en cada paso”.
Poco a poco, Diego fue adaptándose al ritmo de la ciudad y a la exigencia académica.
“Recuerdo mis primeras clases; me sentía perdido, pero nunca me rendí. Pedí ayuda, estudié más y sobre todo, confié en que todo sacrificio tiene recompensa.”
Esa actitud lo llevó a integrarse con compañeros de distintas regiones y a descubrir en la UNA un segundo hogar.
“Aquí encontré amigos que se convirtieron en familia. Cada persona que conocí me enseñó algo, desde cómo tomar el bus hasta cómo enfrentar la vida con determinación”, asegura con una sonrisa.

Diego Benavidez en formación de prácticas profesionales
Durante sus años de estudio, Diego comprendió que la Agraria no solo forma profesionales, sino seres humanos conscientes de su papel en la sociedad.
“Aprendí que el conocimiento real nace cuando uno ensucia las manos de tierra”, expresa.
Cada práctica intersemestral lo llevó a distintos puntos del país, fortaleciendo su amor por el campo y su compromiso con el medio ambiente.
“Recuerdo una práctica en Matagalpa, donde sembré árboles junto a mi papá. Él me dijo: ‘Cada árbol que plantes es un paso más hacia un país más verde’. Esa frase me marcó para siempre.”
Diego también ha participado en proyectos de reforestación, limpiezas comunitarias y actividades de educación ambiental. Una de sus experiencias más significativas fue durante una jornada de limpieza en las orillas del lago Xolotlán.
“Trabajamos con niños y jóvenes del lugar. Les enseñábamos a cuidar el agua y a no tirar basura. Verlos entusiasmados me hizo sentir que el cambio sí es posible”, comparte.
En su paso por la universidad, Diego encontró mentores que marcaron su formación. “Tuve docentes que no solo enseñan teoría, sino que inspiran con el ejemplo”, afirma.
Entre ellos recuerda con especial cariño a doña Clara, profesora de Ciencias Ambientales.
“Un día, después de fallar en un experimento, estaba muy frustrado. Ella se me acercó y me dijo: ‘Tienes algo especial, Diego. Tu amor por la tierra y tu fe son tu fortaleza. No importa caer, lo importante es levantarse’. Desde entonces aprendí que el error también es parte del crecimiento.”
Otro de sus grandes referentes es el Ing. Ramón González, quien le inculcó el valor del liderazgo con humildad.
“Él siempre decía que un líder no impone, sino que enseña con el ejemplo. Me enseñó que sembrar conocimiento es tan valioso como sembrar árboles.”
Hoy, Diego se considera un joven con un “corazón verde”, lleno de energía, sueños y compromiso. En la UNA lidera un club estudiantil de conservación ambiental, desde donde promueve actividades de reforestación, reciclaje y educación ambiental.
“Nuestro objetivo es motivar a otros jóvenes a cuidar la casa común. Pequeñas acciones pueden generar grandes cambios”, asegura.
Mirando hacia atrás, Diego reconoce que cada desafío lo fortaleció. “La soledad, las materias difíciles y las noches sin dormir me enseñaron que nada grande se logra sin esfuerzo. Pero cuando uno trabaja con fe, los frutos llegan.”
A los jóvenes nicaragüenses les deja un mensaje lleno de esperanza:
“Nunca dejen que el miedo a lo desconocido apague sus sueños. Salir del pueblo, adaptarse a la ciudad o empezar algo nuevo da miedo, pero con Dios, familia y esfuerzo todo se puede lograr.”
Y añade con convicción:
“La UNA no solo me dio conocimientos, me dio propósito. Aquí aprendí que la verdadera agronomía no se trata solo de producir, sino de proteger, educar y servir. Esa es la misión que quiero llevar conmigo toda la vida.”
Su historia resume el espíritu de la Universidad Nacional Agraria: jóvenes que desde distintos rincones del país llegan a Managua con un sueño, y con dedicación, fe y compromiso, se convierten en profesionales que siembran futuro para Nicaragua.
